(*) Columnista invitado. Ya no quedan materias, temáticas o asuntos que se reserven a una sola disciplina. Es un mundo “borderless” y todos tenemos que actuar en él. Todo conforma un gran sistema en pleno cambio.
El mundo está cambiando sustancialmente. Y, como dice Thomas Friedman, no se trata de que están cambiando muchas cosas sino que está cambiando una: todo a la vez. Y esto no es un juego de palabras: el cambio es sistémico, integral, conectado, profundo y transversal.
Entre los componentes de ese “todo a la vez” están la geopolítica y la economía global. Y, consecuentemente, el vínculo entre el rol de las autoridades y la acción de los agentes económicos internacionales y, en particular, las empresas mundiales.
La geopolítica está cambiando sustancialmente el mapa de negocios planetario. Varios instrumentos están modificando el escenario transfronterizo de la economía global: imposición de aranceles, discriminaciones normativas contra algunos países, prohibiciones o restricciones de exportaciones o importaciones por razones de seguridad, acciones políticas de algunos gobiernos para promover sectores geopolíticamente estratégicos, sanciones comerciales contra otros, expulsiones de empresas de algunos países, avances regulativos en algunos territorios que complejizan la acción para extranjeros, etc.
Aunque también -y en buena medida, pese a que se publica menos sobre ello- tiene lugar el sostenimiento de políticas de integración y apertura de diversos países y regiones, aunque de manera multiforme y fraccionada. Esto es: también hay no pocas políticas sostenidas en términos de apertura que siguen siendo sustanciales en el mundo.
En todo caso, lo que vemos es un mosaico de diversos regímenes conviviendo (si, finalmente y pese a sus contradicciones, conviven).
Es relevante que este nuevo escenario no aporta incertidumbres solo por las razones (geopolíticas o políticas) señaladas: el cambio tecnológico vertiginoso en marcha genera aún más inestabilidad, en la medida en que asistimos, como dice Rita Gunther Mc Grath (en la Universidad de Columbia) a “el fin de las ventajas competitivas” tradicionales.
Y añade el futurista norteamericano Jamais Casio (en “Facing the Age of Chaos”) que hasta hoy hemos catalogado al complejo mundo en el que vivimos como “V.U.C.A.” (basándose en las siglas de las palabras -en inglés- volátil, incierto, complejo y ambiguo); pero que ahora se lo debe calificar (basándose en nuevas siglas) como “B.A.N.I.”, en la medida en que es frágil, ansioso, no-lineal e incomprensible.
Asistimos, pues, a una enorme complejización de los entornos regulativo, normativo, institucional y político transfronterizos. Aunque, como afirmó este año en Davos el Primer Ministro de Canadá Mark Carney, probablemente el anterior orden institucionalizado y basado en normas, si bien no fue una mentira absoluta desde el inicio y mientras concebimos su vigencia, fue en realidad una “ficción útil” (existió de manera parcial y aportó previsibilidad, quizá en más que lo que creíamos, pero siempre tuvo grandes excepciones, fallas y asimetrías).

Por eso, puede explicarse que las empresas internacionales parecen estar adaptándose al nuevo contexto rápidamente. El nuevo mundo ofrece un escenario en el que las empresas que triunfan logran esa adaptación a partir del desarrollo de atributos competitivos tales como la resiliencia, la repentización, la anticipación, la flexibilidad, el liderazgo y hasta la capacidad de convertirse en “organizaciones mutantes”. Más aún: las empresas están ante un cambio radical, porque están superando el rol de meros generadores de prestaciones (productos) a cambio de los correspondientes pagos, para ir adicionándose el rol de generadores de nuevas realidades (algo que antes parecía quedar sometido solo a la política o a la ciencia).
Es relevante advertir que, mientras se incrementan las medidas de diversas autoridades -en países y bloques económicos- que complejizan el escenario de los negocios internacionales; a la vez, el comercio internacional mundial total (según la UNCTAD) crece año a año y en 2025 llegó al récord histórico de 35 billones (trillions, en inglés) de dólares (sumando bienes y servicios). Mientras, por su parte, el stock de inversión extranjera directa en el planeta también sigue en alza y ya orilla los 50 billones de dólares.
Lo que se relaciona con la creciente capacidad de estas grandes empresas que lideran las cadenas globales de valor que (aun cambiando desde la concepción lineal hacia la de redes y ecosistemas) dominan el 70% del comercio planetario. Dice la UNCTAD que (midiendo las corporaciones registradas en cada país de origen y que -a la vez- controlan activos económicos en otras naciones) se observa en las últimas décadas una expansión histórica notable de empresas multinacionales, porque el mundo pasó de registrar unas 7000 “matrices” en 1970 a un rango de entre 60.000 y 80.000 corporaciones activas en la actualidad (lo que genera, a su vez, una red de más de 900.000 filiales físicas operando en todo el planeta).
Por eso, en el mundo no hay un modelo regulativo para los negocios que sea predominante, sino una diversidad (y, a veces, una superposición) de regímenes que están generando, mientras los negocios crecen, una reconfiguración del mapa. Así, mientras la sustancia del comercio y las inversiones mundiales va cambiando por la vertiginosa revolución tecnológica -que hace crecer los componentes referidos al intercambio de prestaciones vinculadas con el “capital intelectual”-; tres fenómenos económico/políticos se observan en estos días en la comunidad de negocios global.
Por un lado, el llamado “friendshoring”, que consiste en un creciente flujo de negocios entre empresas que operan en países aliados o cercanos políticamente -mientras decrecen los negocios entre países adversarios, como lo explica la UNCTAD-.
Por otro lado, el de la emergencia de los “países conectores”, que actúan como puentes, intermediando entre los que se crean problemas entre si (así, mientras decrece el comercio entre Estados Unidos y China; crece el comercio de Vietnam, Indonesia y Egipto con ambos haciendo que el comercio dentro del llamado Sur Global se incremente casi 10% en un año).
Y, en tercer lugar, la acción de los “conservadores”, que solidifican el comercio y las inversiones entre aquellos que permanecen atados a las mejores prácticas de apertura relativa e integración elegida. Así, un 66% de todo el comercio internacional planetario ocurre hoy a través de regímenes que conceden arancel de 0% en frontera: 30% dentro de los llamados acuerdos comerciales regionales (los también denominados tratados de libre comercio, que ya suman 382 en el planeta y que se han incrementado en el numero de 72 desde la pandemia hasta hoy, según la Organización Mundial de Comercio -lo que también es una respuesta geopolítica diversificada-), y otro 36% por reducción arancelaria que los países han decidido en algunos de sus productos y que se imponen a través del régimen de la “nación más favorecida” de la OMC.

Un fenómeno consecuente es que la geopolítica ha pasado a ser una materia importantísima en la acción de las grandes empresas. Para elegir mercados o nichos de mercados; para adaptarse a complicaciones reactivas diversas; para escoger socios, proveedores o clientes; para decidir inversiones; para elegir sobre qué rubro trabajar en cada país; etc. Y este fenómeno se da a través de dos movimientos: por un lado, las empresas hacen inteligencia comercial amparándose en la geopolítica como una nueva faceta de su macroeconomía. Y, por el otro, las propias empresas tienen sus acciones creadoras de geopolítica.
Si consideramos el total de los intercambios mercantiles planetarios (bienes y servicios medidos, que suman unos 35 billones de dólares), se estima, en cálculos oficiosos y preliminares, que en ese total del comercio transfronterizo internacional las restricciones regulativas directas a ese comercio (surgidas de decisiones geopolíticas implementadas por normas positivas) afectan alrededor del 20% del mismo, mientras que el restante 80% fluye en principio sin esos límites derivados de decisiones políticas nacionales o regionales; aunque dentro de este último gran grupo existe una porción significativa, que orilla el 30% del total, que se encuentra afectado por mayores costos surgidos de acontecimientos surgidos de las fricciones -mayormente militares o bélicas- ocurridas de hecho entre países. Si se efectuara este análisis solo en relación con el comercio de bienes, los porcentajes afectados por irregularidades se elevarían relativamente.
Así es que las condiciones geopolíticas transforman el ámbito de los negocios. Influyen en cotizaciones, precios, tipos de cambio, accesibilidad, relaciones bilaterales, arquitecturas vinculares, modelos de organización de las cadenas de valor, atractibilidad (o lo opuesto) de los mercados. Y, por supuesto, no solo influyen en el accionar de las grandes empresas: cambian ámbitos, estándares y reglas para todos, inclusive para las pymes internacionales que son adaptadoras de las condiciones vigentes (se estima que hay unos 20 millones de empresas que exportan e importan en todo el planeta y el 95% de ellas son pymes. -las que, pese a ser enormemente mayoritarias en cantidad, generan un porcentaje muy menor del flujo comercial suprafronterizo mundial-).
Si, es creciente la vinculación entre geopolítica y microeconomía.
El mundo está cambiando. Para todos. Paradójicamente, por la revolución tecnológica, las organizaciones que -en esta transición- más poder adquieren son las empresas, que protagonizan la más ambiciosa revolución técnica que haya tenido lugar. Pero esas empresas actúan en un escenario geopolítico. Se adaptan a él, lo condicionan y se alimentan del mismo.
Ya no quedan materias, temáticas o asuntos que se reserven a una sola disciplina. Es un mundo “borderless”. Y todos tenemos que actuar en él. Todo conforma un gran sistema en pleno cambio. Pensó Mario Bunge que un sistema es un conjunto de elementos relacionados y estructurados entre sí, con un mecanismo de funcionamiento propio y con propiedades emergentes, en donde el todo no es igual a la suma de las partes. Y añadió: todas las cosas, sean materiales o inmateriales, constituyen un sistema o forman parte de alguno.
*Marcelo Elizondo, Director del Comité de Economía Internacional del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y Chairman de la Internacional Chamber of Commerce (ICC) en Argentina
