El republicano pasó de las dudas al colapso emocional, mientras asesores, funcionarios y periodistas esperaban la decisión que cambiaría para siempre la política estadounidense.
La mañana del día en el que iba a convertirse en el primer presidente de Estados Unidos en renunciar, el único hasta hoy, Richard Nixon desayunó frugal: cereales, leche y jugo de naranjas. No era que hubiese adoptado un estilo de vida espartano: la noche anterior se había pescado una tremenda borrachera, en parte a solas, en parte junto a su mano derecha, el secretario de Estado Henry Kissinger, que apenas bebió, y había protagonizado una escena demencial que retrataba los últimos años de su segundo mandato, que quedaría inconcluso.
Sin embargo, en la Casa Blanca todo era agitación y confusión. Nadie sabía a ciencia cierta si Nixon renunciaría o no. Tampoco el presidente lo tenía claro y ni siquiera sabía que la noche anterior, Kissinger ya había anticipado a sus asesores que sí, que Nixon iba a renunciar. Ya nadie le creía al presidente, acorralado por la Justicia: uno de los más desconfiados era su consejero especial para el caso Watergate, James St. Clair que, dada la personalidad de Nixon, intrincada, sinuosa, maliciosa, había sentenciado con crudeza: “Ver decidir a Nixon es como saber cómo preparan las salsas en algunos restaurantes: una vez que lo sabés, no volvés a probarlas”.
Así que mientras Nixon desayunaba, era jueves 8 de agosto de 1974, hace ya 52 años; mientras el presidente trataba de superar la resaca de la noche anterior y de pensar en cómo había caído en “la tela de araña que él mismo tejió”, al decir de Kissinger, su gobierno se preparaba, en medio del caos y la confusión, a poner fin a una larga pesadilla.
¿Por qué Nixon debía renunciar? Por las implicaciones del caso Watergate. En junio de 1972, cinco ladrones intentaron asaltar las oficinas centrales del Partido Demócrata en el edificio Watergate, en Washington. No eran ladrones: eran agentes al servicio de la Casa Blanca que pretendían instalar micrófonos y pinchar teléfonos del partido rival de Nixon, que buscaba su reelección. La fantástica investigación de dos periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, terminaría por demostrar que la Casa Blanca había impulsado, financiado y hasta participado de esa conspiración en la que estaban metidos hasta la frente altos funcionarios de la Casa Blanca, entre ellos James McCord, jefe de seguridad del Comité para la Reelección del Presidente, conocido como CREEP.
El Washington Post había revelado que el 23 de junio de 1972, seis días después del asalto al edificio Watergate, Nixon había ordenado a la CIA que impidiera la investigación encarada por el FBI, lo que configuraba los delitos de obstrucción de la Justicia, abuso de los poderes presidenciales y la intención de frenar un eventual juicio político. La voz de Nixon había quedado grabada entre las miles de horas de grabación que el presidente había dispuesto se tomaran en secreto. El escándalo fue tal, que en mayo de 1973 un comité del Senado presidido por Sam Erwin abrió una investigación con sesiones televisadas. En una de ellas, un ex asesor legal de la Casa Blanca y de Nixon, John Dean, reveló que el asalto a Watergate había sido aprobado por el entonces fiscal general, John Mitchell, con el conocimiento de dos estrechos colaboradores del presidente: John Ehrlichman y Harry R. Haldeman. La pregunta era: ¿cuánto sabía Nixon? Lo sabía todo.

Se desató entonces una batalla legal para que la Casa Blanca entregara esas cintas grabadas a la Justicia; fueron meses apasionantes que pusieron en juego los resortes más sensibles del sistema democrático estadounidense. Finalmente, el 30 de julio de 1974, por orden de la Corte Suprema, Nixon entregó las cintas. El 5 de agosto se publicaron en la prensa las primeras transcripciones, incluida la del 23 de junio de 1972, en la que la voz de Nixon ordenaba a Haldeman un plan para que la CIA detuviera la investigación del FBI sobre Watergate. El cerco se había cerrado sobre el presidente: la Justicia estaba decidida a procesarlo, el Congreso, incluidos representantes y senadores de su propio partido, le había quitado el apoyo. Frente al juicio político, previo a la destitución, a Nixon le quedaba un solo camino: la renuncia.
La noche del 7 de agosto, dos días después de conocida la transcripción de las cintas, después de amenazar con su renuncia para dar luego marcha atrás, tal como había hecho en los largos meses previos y en pleno escándalo, Nixon llamó a Kissinger al ala privada de la Casa Blanca. Horas antes, había alarmado a su jefe de personal, el general Alexander Haig: “Yo sé cómo solucionan esto los militares: siempre tienen a mano una pistola. Pero yo no tengo una pistola”.
Kissinger encontró a Nixon borracho. Entre sollozos, el Presidente admitió que no sería capaz de renunciar. Kissinger, a modo de consuelo, le contestó con una larga mención de los éxitos diplomáticos de Nixon a lo largo de casi seis años. El presidente entonces le preguntó cómo creía él que lo recordaría la historia: “¿Me tratarán mejor que mis contemporáneos?” y Kissinger le aseguró que sí. Pero Nixon no tenía consuelo. “¿Cómo fue que llegamos a esto?”, preguntó, como si ignorara la respuesta.

Luego dijo a su secretario de Estado: “Henry, vos no sos un judío muy ortodoxo y yo tampoco soy un cuáquero ortodoxo. Creo que necesitamos rezar”. Y se arrodilló en la alfombra azul de la habitación. Kissinger creyó que no tenía más alternativa que arrodillarse también junto a Nixon, que empezó a rezar en voz alta: pidió ayuda, descanso, paz y amor. Kissinger creyó que Nixon había terminado y se puso de pie, pero Nixon siguió de rodillas. Lloraba. De pronto golpeó con su puño la gruesa alfombra de la residencia privada y exclamó: “¿Qué es lo que hice? ¿Qué ha pasado?” Kissinger le tocó los hombros, casi como para abrazarlo. Por fin, Nixon, con cierta dificultad, se puso de pie y se sentó en su sillón. La tormenta parecía haber cedido. Volvió a servir whisky para ambos.
Minutos antes de las 23, Kissinger dejó solo a Nixon y caminó hasta el Ala Oeste de la Casa Blanca para encontrar, nerviosos e impacientes, al asesor de Seguridad Nacional, Lawrence Eagleburger, y al asistente militar de Nixon, Brent Scowcroft; les contó lo que había vivido minutos antes y cerró su relato con una definición: “El presidente renuncia mañana”.
Ahora, en la mañana del 8 de agosto, Nixon dejó la mesa del desayuno; había mal dormido solo tres horas, y caminó hasta su despacho del Salón Oval. Anunció que no iba a recibir ninguna comunicación telefónica y las derivó todas a su fiel secretaria, Rose Marie Woods. A las 10 de la mañana hizo llamar a su peluquero, Milton Pitts, por quien sentía un gran afecto. “Lo de siempre, Milton —dijo—. Espero no estés enojado por todas estas noticias. Hemos cometido algunos errores, pero hemos hecho un montón de cosas bien también”. Un poco emocionado, Pitts, que ya sabía lo de la renuncia como todos en la Casa Blanca, le contestó: “Ha sido un placer trabajar para usted, señor. Y creo que usted ha sido un gran presidente”.
La Casa Blanca era un hervidero: ¿sería capaz de renunciar el presidente? A las 11 de la mañana, Nixon anunció dos cosas: quería ver a Gerald Ford, que iba a sucederlo en el cargo, y pensaba pasar el resto del día en revisión de su discurso de la noche. Después recibió a su jefe de prensa, Ronald Ziegler, que le pidió una autorización presidencial para poder solicitar a las grandes cadenas televisivas un espacio a las nueve de la noche: en Estados Unidos no existe una cadena nacional y ningún medio está obligado a transmitir un mensaje presidencial.
Ziegler regresó a su oficina e hizo también dos cosas: llamó a la CBS para reservar el horario de las nueve de la noche, y tomó de su archivo una carpeta en la que se leía: “Fifth Draft – August 8, 1974 – Words 1.835 – This is the (…) time I have spoken to you from this office. – Quinto borrador – Agosto 8 de 1974 – 1.835 palabras – Esta es la (…) vez que les hablo desde esta oficina…” Era el inicio del discurso nocturno de Nixon. El espacio en blanco implicaba que nadie en la Casa Blanca sabía cuántas veces había hablado Nixon desde el Salón Oval en más de cinco años de gobierno. Lo averiguó la ayudante de Ziegler, Ann Grier: 36 veces. El de la noche del 8 de agosto sería el mensaje número 37.

A las 11 de la mañana, el subsecretario de prensa, Gerald Warren informó a los periodistas que colmaban la Casa Blanca: “El presidente se reunirá a las 11 con el vicepresidente Ford”. Hubo una estampida de corresponsales que bajaron a la sala de prensa para transmitir la noticia por teléfono. En medio del tsunami, un corresponsal preguntó a Warren: “Jerry, ¿podemos tomar fotos de Nixon con Ford?”. Warren, seco, gritó: “¡No!”, y pensó: “Dios, esta gente está histérica: todo esto es un maldito zoológico”.
Lo era: al futuro presidente Ford le dijeron sobre la hora que Nixon lo esperaba a las once. Ford regresaba de una ceremonia oficial con los familiares de siete soldados americanos muertos en Vietnam y llegó apurado y a pie por un camino privado que separaba sus oficinas de vicepresidente del Edificio Ejecutivo (Executive Office Building, EOB) de la Casa Blanca. Lo recibió el general Haig con un apretón de manos y dos frases misteriosas sobre Nixon, que eran también un símbolo del caos que reinaba esa mañana: “Todavía no sabemos qué camino tomará. Ha vacilado”.
Un minuto después de las 11, Ford encontró a Nixon sentado frente a su escritorio del Salón Oval. A no ser por un doble juego de lapiceras, un teléfono, una carpeta y algunas hojas en blanco, la mesa de trabajo del presidente de la mayor potencia mundial estaba vacía, limpia y reluciente. Ollie Atkins, el fotógrafo oficial de la Casa Blanca, hizo varias tomas de los dos hombres que conversaban, o hacían que conversaban. Atkins notó que, como era su costumbre, Nixon miraba hacia el piso, un poco encorvado hacia adelante. Se animó entonces a interrumpir la charla: “Señor presidente, esta es una foto muy importante. Le pido que se mueva un poco más cerca, más recto, y que le hable directamente al vicepresidente”. Nixon lo hizo. Atkins tomó las fotos y los dejó solos. Nixon entonces le dijo a Ford: “Jerry, vas a hacer un buen trabajo”. Y así fue como Gerald Ford fue la primera persona en el mundo en confirmar que Nixon iba a renunciar ese día.
Al mediodía, la oficina de correspondencia de la Casa Blanca cerró sus puertas, la llamaban “la máquina de firmar” porque allí salían los documentos oficiales: pero desde esa hora ya no saldría ninguna carta, ningún mensaje, ningún documento, ningún papel membretado desde el 1600 de la Avenida Pennsylvania que estuviese firmado por “Richard M. Nixon”. La noticia de la renuncia llegó con rapidez hasta el último rincón de la Casa Blanca. Faltaba la confirmación oficial que recién llegaría a las nueve de la noche, cuando Nixon hablara a la nación. Los periodistas querían confirmarlo antes, si eso era posible. Pero no, no era posible.

A las doce y diecinueve, Ziegler, el secretario de prensa, serio, taciturno y sombrío, enfrentó otra vez a los periodistas para decir nada: “Soy consciente del interés del pueblo americano y de ustedes en esta sala sobre el desarrollo de los hechos de los últimos días. Este ha sido un tiempo muy difícil”. Se le quebró la voz, trató de aclarar un poco la garganta, pero volvió a hablar quebrado, las mejillas endurecidas, la mandíbula tensa: “El Presidente de los Estados Unidos se reunirá esta tarde temprano con los líderes del Congreso de los dos partidos”. Un poco más repuesto, siguió: “Esta noche, a las nueve, hora del Este, el Presidente de los Estados Unidos dirigirá un mensaje a la nación por radio y televisión desde el Salón Oval”. De inmediato, huyó de aquel hervidero.
La información quedó a cargo de su secretaria, Anne Grier, la mujer que había averiguado cuántas veces en cinco años había hablado Nixon desde el Salón Oval. A Grier se acercó Robert Pierpoint, periodista de la CBS, para jugar una última carta, era una ironía lanzada con ingenioso cinismo: pero la información tenía que ser chequeada y, al final del día, el que se avecinaba sería el único momento de humor que sobrevoló aquel drama. “Anne —dijo Pierpoint—, ¿qué posibilidades tengo de hablar con Ron?, por Ziegler. “No muchas y no muy buenas”, le contestó Grier. “Tengo que hacerle una pregunta. ¿Podrías hacerla por mí? Cuando Ron habló del presidente de Estados Unidos, ¿a quién se refería? ¿A Nixon o a Ford?”.
Grier no supo qué decir; Ziegler había usado esa definición precisamente para no dar ninguna, y fue en busca de su jefe: lo encontró en mangas de camisa, todavía un poco agitado por el reciente arrebato de emoción. “Ron, Pierpoint tiene una pregunta…” Ziegler la cortó de inmediato: “Del presidente Nixon. Decíle a Pierpoint que hablaba del presidente Nixon”. A Ziegler lo sobresaltó su propia carcajada, se sentó frente a su escritorio, meneó la cabeza resignado y pensó que los periodistas de la Casa Blanca eran todos unos hijos de puta.
A inicios de la tarde del día en el que se convertiría en el primer presidente de Estados Unidos en renunciar, Richard Nixon durmió la siesta. No fue gran cosa: 40 minutos. En ese lapso, el vicepresidente Ford habló con el líder republicano del Senado, Hugh Scott: “Bueno, Hugh, como ya sabes, pasó lo que tenía que pasar”, y le confió que iba a jurar el cargo al mediodía del día siguiente, 9 de agosto. “No quiero ningún gran show. Será en el Salón Oval y en una ceremonia pequeña y solemne: líderes del Congreso, la familia y unos pocos amigos especiales.”

Después dialogó con el general Haig y con Kissinger, que un poco a las apuradas le trazó un breve panorama político del mundo. A las siete menos diez, Nixon volvió a la intimidad de su residencia, se duchó, cambió sus ropas y le pidió a Haig que le evitara cualquier encuentro, en especial con fotógrafos, periodistas o equipos de televisión: quería caminar solo el breve trayecto entre la Casa Blanca y el Executive Office Building, donde se reuniría con los líderes del Congreso.
Todo fue muy cordial y hasta indulgente en el encuentro entre el presidente a punto de renunciar y los senadores Mike Mansfield, y James Eastland, ambos demócratas, el republicano Scott y los representantes Carl Albert, demócrata, y John Rodhes, republicano. “Les he pedido que vengan para que escuchen mi decisión —empezó Nixon—. Mañana enviaré mi carta de renuncia a Henry Kissinger, que será efectiva a mediodía. La señora Nixon y yo esperamos partir a las diez en punto. Y el vicepresidente jurará al mediodía. No tengo otro mensaje que darles”.
A lo largo de cinco duros años, Nixon había combatido a esos hombres y a lo que representaban; los había despreciado, los había rechazado en feroces batallas, había sospechado de sus intenciones, de su fidelidad y hasta de su honestidad; pero ahora, al caer la tarde del 8 de agosto, no parecía haber rencores ni desprecio entre esos hombres y el presidente vencido y entregado. Nixon hizo una larga referencia a Watergate y dijo con cierta amargura: “Ha sido duro para ustedes en el último año y medio. Entiendo que hayan dicho lo que dijeron. No tengo resentimientos. Ha sido duro para mí también”. Nadie lo interrumpió. Los cinco congresistas se despidieron con palabras cálidas y respetuosas; Rodhes diría más tarde que le pareció notar un ligero escalofrío en Nixon cuando lo saludó.
Por fin, cerca de las nueve de la noche, Nixon enfrentó las cámaras de la CBS, no sin antes intentar dar sensación de aplomo, seguridad y hasta simpatía frente a técnicos y periodistas. No lo consiguió: su tensión era visible. Se sentó para dar su discurso y pronunciar la frase esencial: “Por lo tanto, renunciaré a la presidencia, que será efectiva en el mediodía de mañana”. Así fue. Al día siguiente, 9 de agosto, Nixon firmaría un breve texto de dos líneas destinadas a Kissinger: “Estimado Secretario: Por la presente renuncio al cargo de Presidente de Estados Unidos. Richard Nixon”.

Todavía faltaba un último acto, el de la mañana del 9, en la que el presidente ya renunciado pronunció un largo y patético discurso, conocido como “Mi madre era una santa”, para despedirse de la Casa Blanca y de su personal. Esa es otra historia.
Ahora, en cambio, Nixon enfrentaba a las cámaras y al mundo a solas: su familia, su mujer Pat, sus hijas y sus yernos, veían todo por televisión en el solárium del tercer piso de la Casa Blanca; habían temido que su presencia en el Salón Oval hubiese puesto nervioso al presidente. Nixon estaba nervioso. Minutos antes de salir al aire y de enfrentar las luces impiadosas de la televisión, había preguntado si se veía bien, con la espalda recta, si el cuello de su camisa no estaba arrugado.
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Por fin, 45 segundos después de las 9 de la noche, miró directamente a la cámara y, cuando el asistente le hizo una señal, con un amago de sonrisa torcida, dijo: “Buenas noches. Esta es la trigésimo séptima vez que les hablo desde esta oficina, donde se han tomado tantas decisiones que han dado forma a la historia de esta nación…”
Las escenas y los diálogos que se reproducen en esta nota fueron tomados de:
The Final Days – Bob Woodward, Carl Bernstein – Simon & Schuster.
President Nixon – Alone in the White House – Richard Reeves – Simon & Schuster.
Abuse of Power – The new Nixon Tapes – Stanley I. Kutler – Simon & Schuster.
The Arrogance of Power – The Secret World of Richard Nixon – Anthony Summers – Viking – Penguin Books.
