La Marcha por la Vida, 81 años después y en un mundo en conflicto. Historia que duele, cifras que estremecen y una pregunta que sigue abierta.
Auschwitz no es un lugar más en el mapa. Es un nombre que pesa. Que interpela. Que obliga. Y que, sin embargo, cada año convoca a miles de personas de todo el mundo a caminar en silencio para recordar lo que nunca debería repetirse.
Durante décadas, estudié la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Libros, archivos, cifras. Pero nada se compara con estar aquí. Hay energías, olores, texturas, sentidos que solo se activan en el lugar. No sabía que el choque sería tan estremecedor. Los datos quedan pequeños. Desabridos ante la elocuencia de los atroz.
Por las calles y barracas de los campos de concentración, vivieron sueños, temores, ilusiones. Murieron planes, historias y anhelos. Aquí asfixiaron y cremaron a la razón misma.
La Marcha por la Vida no es solo una ofrenda al pasado, es también un grito en el presente y una advertencia hacia el futuro: que nunca más el odio hacia una raza, un credo o una fe sea una sentencia de muerte.
Rumbo a la memoria
11 de abril de 2026. Nuestro viaje al pasado —con el sello del presente y foco en el futuro— comenzó en Varsovia.
El frío atraviesa el cuerpo. El viento corta la cara. Y, entre ese paisaje reconstruido, se revelan —o se rebelan— miles de narcisos amarillos. Flores simples, casi frágiles, que contrastan con la historia que carga este lugar. Simbolizan la vida que insiste. La memoria que no se rinde.

Varsovia hoy está viva. Pero fue escombro. Fue ceniza. Fue destrucción total.
Allí recorrimos las huellas del Gueto de Varsovia, donde más de 400.000 personas fueron confinadas. Hambre, hacinamiento, enfermedad. Y luego, la resistencia. El Levantamiento del Gueto de Varsovia, símbolo de dignidad en medio del horror.
Esta mezcla de tiempos y lecciones tiene a Gastón Taratuta como punto de unión. El fundador de Aleph reunió a 45 personas de distintas nacionalidades y religiones para comprender juntos el Holocausto en el territorio donde ocurrió.
“Quisimos que este grupo viviera en primera persona lo que significó el Holocausto, porque entenderlo desde el lugar donde sucedió cambia para siempre la forma de ver el mundo”, explicó Taratuta.
“Esto no es solo un viaje histórico. Es una experiencia humana que interpela, que moviliza y que obliga a reflexionar sobre el presente”, agregó.
Y fue más allá: “Si logramos que cada persona se lleve un compromiso, entonces la memoria deja de ser pasado y se convierte en acción”.
Voces que vencieron al silencio
El 12 de abril, abrimos otro viaje a los oscuros sótanos de la humanidad. Camino a Treblinka, uno de los campos de exterminio más brutales —donde cerca de 900.000 personas fueron asesinadas— aparece una voz que atraviesa todo: la de Irene Shashar.

Tiene 88 años. Parece pequeña y frágil como un narciso. Pero solo parece. Cuando habla, ella se agiganta.
En un artículo de mi querida periodista Jessica Fabaro, Irene fue nombrada como “La Niña Escondida”. Su historia tiene ecos de Ana Frank, pero con otro final.
Irene mira al vacío y suspira: “La diferencia con Ana Frank es que a mí y a mi familia no nos delataron. Mi madre logró esconderme en un armario y salvarme escapándonos por alcantarillas, entre ratas y pánico”.
Luego, baja la voz y deja una frase que pesa: “Sobrevivir no fue el final de la historia. Fue el comienzo de la responsabilidad de contarla. Soy la niña escondida y, con dos hijos, siete nietos y tanto amor, siento que vencí a Hitler”.
Y agrega, como advertencia: “El odio empieza de a poco. Por eso hay que frenarlo antes de que sea demasiado tarde”.
Treblinka hoy es silencio. Un campo abierto. Piedras que simbolizan comunidades enteras borradas del mapa. No hay edificios. No hacen falta.
Tres kilómetros eternos
Llega el 14 de abril.
La llamada Marcha por la Vida une Auschwitz y Birkenau. Son apenas tres kilómetros. Tres mil pasos. Pero se sienten eternos.

Miedo. Angustia. Inquietud. Bronca. Lágrimas. Impotencia. Incredulidad. Y otra vez angustia.
Caminamos cuatro horas. El frío cala con 7 grados. El viento empuja. El cansancio aparece. Pero ese cansancio se vuelve pudoroso cuando uno recuerda que miles de prisioneros soportaron años este calvario.
Con 20 grados bajo cero, ingerían una ración diaria mínima: agua caliente sucia por la mañana. Un pedazo de pan a las 15.00 y algo parecido a una sopa salada. Todos los días menos de 800 calorías. Otra forma de matar. Un Zyklon B (el gas usado en la cámaras de exterminio) pero en capítulos.

Durante la marcha, por allí camina Irene, abrazada y admirada. También marchan otros sobrevivientes. Más atrás evocan, Taratuta con su grupo: jóvenes, adultos, un ruso, un turco, un ateo, un cristiano. Se abrazan. Caminan. Comparten el paso y el peso.
Porque hay algo que se siente: peso. Mucho peso.
Ese mismo trayecto fue, hace más de ocho décadas, el último camino de millones. Donde hoy hay banderas y abrazos, hubo humo, muerte y deshumanización.
Más de un millón de personas fueron asesinadas en Auschwitz.
El presente interpela
En estas barracas de Auschwitz y Birkenau, todavía parece revolotear el infierno nazi. Pero también resuena fuerte abril de 2026. Un mundo en guerra. Expresiones antisemitas que crecen. Discursos de odio que vuelven a aparecer.
El silencio, entonces, no es solo pasado. Es advertencia.

La Marcha de la Vida, iniciada en 1988, ya reunió a más de 300.000 personas. Más del 70 % de los participantes son jóvenes. Generaciones que no vivieron la guerra, pero que entienden que olvidar no es opción.
Durante la marcha, el silencio se mezcla con cantos, oraciones y abrazos. El viento sigue soplando. El frío también. Pero algo cambia: miles de personas caminando juntas.
Al llegar a Birkenau, frente a las ruinas de los crematorios, se encienden velas. Se leen nombres. Se canta. Se llora.
Y aparece la pregunta inevitable: ¿qué hacemos con esta memoria? Porque recordar no alcanza si no se transforma en acción.

La historia demuestra que los genocidios no comienzan con cámaras de gas. Empiezan con palabras. Con estigmatización. Con indiferencia.
Auschwitz es la consecuencia extrema de ese proceso. Por eso, caminar estos tres kilómetros no es solo un homenaje. Es una advertencia.
La Marcha de la Vida no cambia el pasado. Pero interpela el presente.
Y deja una certeza incómoda, pero necesaria: la memoria no es un acto del ayer. Es una responsabilidad de ahora. Una advertencia hacia el futuro.
