El termómetro baja y muchos dudan si conviene mantener la rutina al aire libre. Especialistas explican cómo cuidar el cuerpo sin resignar los kilómetros.
Con las temperaturas por el piso, arranca la típica disyuntiva de todos los años: ¿me abrigo y salgo a correr, o directamente cuelgo las zapatillas hasta que vuelva el sol? La buena noticia es que trotar en pleno invierno no solo es viable, sino que —bien hecho— trae ventajas extra que en verano ni se notan.
El asunto pasa por entender qué le pasa al organismo cuando el frío aprieta y ajustar algunas costumbres antes de salir a la calle.
Qué le hace el frío al cuerpo
Cuando bajan los grados, los vasos sanguíneos cercanos a la piel se contraen para retener calor, un fenómeno conocido como vasoconstricción. “El corazón se ve obligado a trabajar más”, explicó el estadounidense Maurice Lyons, cirujano cardiotorácico, al referirse a cómo ese mecanismo eleva la frecuencia cardíaca y la presión arterial durante el esfuerzo físico en climas fríos. Ese sobreesfuerzo cardíaco es justamente el motivo por el que, en las épocas más crudas del año, se registra un repunte de consultas por infartos y otros cuadros vasculares, algo que preocupa especialmente a quienes ya arrastran factores de riesgo previos.
A eso se suma otro dato: según un estudio australiano, las infecciones respiratorias —tan típicas de esta temporada— multiplican por 17 el riesgo de sufrir un infarto de miocardio, sobre todo durante la primera semana de síntomas. Ninguna razón para quedarse en el sillón, aclaran los especialistas, pero sí un llamado a estar atento al cuerpo antes de salir a rodar.
Vestirse por capas, la clave de todo
Más allá de la parte médica, buena parte del éxito (o el fracaso) de una salida invernal se juega en el placard. “Una capa base que no sea de algodón para que absorba la humedad y aminore el riesgo de hipotermia”, recomendó el entrenador personal español Alejandro Maroto, quien sugiere sumar después una capa aislante y, por encima, un cortavientos o campera que frene el viento. Los guantes, el gorro y las medias térmicas terminan de cerrar el combo, sobre todo porque manos, pies y cabeza son las zonas que más rápido pierden calor.

El calentamiento previo tampoco es un detalle menor: según Maroto, “incrementa la temperatura corporal, prepara los músculos y minimiza el riesgo de lesiones”, algo particularmente importante en invierno, cuando músculos y tendones están más rígidos y propensos a tirones o esguinces.
Hidratarse igual, aunque no dé sed
Un error clásico es pensar que en invierno no hace falta tomar agua porque no transpiramos como en enero. Falso: el cuerpo sigue perdiendo líquido, tanto por el sudor bajo tantas capas de ropa como por el vapor que se escapa al respirar aire frío. Ahí entra otro consejo habitual entre los especialistas en salud deportiva: mantener la hidratación constante, elegir rutas iluminadas para evitar tropiezos en la oscuridad temprana del atardecer, y frenar el entrenamiento si el cuerpo empieza a tiritar demasiado o aparecen mareos.
Con esas precauciones básicas —capas de ropa, entrada en calor, agua y sentido común—, correr en invierno deja de ser un capricho de valientes y pasa a ser, simplemente, otra forma de sostener el hábito durante todo el año.
