El seminarista croata que degolló a 1300 prisioneros en una sola noche en un campo de concentración

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En 1942, en Jasenovac, se disputó un torneo. El ganador sería el que pudiera sumar más víctimas ese día. La abyecta historia de Petar Brzica

Dicen que fue la noche del 29 de agosto de 1942. Los guardias del campo de concentración de Jasenovac organizaron un concurso. Es probable que ese sábado estuvieran aburridos.

Ganaría el torneo el que a lo largo de la noche matara a más prisioneros. Había premio para el vencedor. Para darle alguna complejidad y para imprimirle identidad nacional, cada asesinato debía ejecutarse con el srbosjek, un pequeño y letal cuchillo de la tradición croata que solían usar los ustachas.

El triunfo final no sorprendió a casi nadie. Se sabía de antemano que el vencedor era un maestro en el uso de esa particular arma blanca y, en especial, que su sadismo no tenía límites; era capaz de cometer los actos más abyectos sin mostrar el menor cargo de conciencia.

1360 vidas. 1360 muertes. Esa fue la cifra que Petar Brzica obtuvo esa noche del torneo macabro. Recibió sus premios como campeón: un reloj de oro, un juego de vajilla de plata, un cerdo asado, varios vinos, una especie de fiesta en su honor y la coronación como “El Rey Serbio de los Asesinatos. El día siguiente lo pasó borracho, contando a los gritos y entre carcajadas cómo había matado a sus víctimas.

El dictador croata Ante Pavelić junto al ministro de Relaciones Exteriores de la Alemania nazi, Joachim von Ribbentrop (Foto: German Federal Archives)
El dictador croata Ante Pavelić junto al ministro de Relaciones Exteriores de la Alemania nazi, Joachim von Ribbentrop (Foto: German Federal Archives)

Petar Brzica, antes de ser guardia en Jasenovac, había sido seminarista. Luego de la Segunda Guerra Mundial, se presume, se convirtió en sacerdote franciscano. Pero su rastro se hizo muy difícil de seguir.

El concurso homicida del 29 de agosto de 1942 no fue el único que se realizó en Jasenovac. Era una actividad frecuente. La crueldad de los guardias y sus autoridades parecía no tener límites. Tanto que hasta hubo oficiales nazis que expresaron sus críticas al trato propinado a los prisioneros y al modo de actuar de los que manejaban el campo.

Durante la competencia, los guardias debían matar a la mayor cantidad de detenidos. Pero no podían hacerlo de cualquier modo. Debían degollarlos. Y para eso se valían del SrbosjekEra un pequeño cuchillo corvo, muy afilado, que venía en un guante que debía ponerse en su mano derecha el que lo iba a usar. La cuchilla salía de la palma de la mano del asesino.

Con el Srbosjek, Brzica era el mejor. Con un solo movimiento veloz abría cuellos y provocaba la muerte. Una tras otra. Sin inmutarse, sin demorarse en ver caer a sus víctimas.

La leyenda sostiene que Brzica obtuvo el récord con 1360 personas en una sola noche. Es difícil determinar si el dato es verdadero o no. Otros afirman que se pudo comprobar que fue autor de la muerte de entre 600 y 800 personas durante esa noche. Lo que sí afirman sin dudar los testigos que sobrevivieron y otros guardias ustachas es que Brzica fue el vencedor. También cuentan que era un bárbaro, capaz de matar con sus propias manos a un detenido por considerar que no lo había saludado de la manera correcta.

"Srbosjek", un cuchillo adaptado para sujetarlo a la mano, usado por la milicia fascista ustacha en Croacia durante la Segunda Guerra Mundial. (Foto: United States Holocaust Memorial Museum)
“Srbosjek”, un cuchillo adaptado para sujetarlo a la mano, usado por la milicia fascista ustacha en Croacia durante la Segunda Guerra Mundial. (Foto: United States Holocaust Memorial Museum)

En el libro The role of the Vatican in the breakup of the Yugoslav State de Milan Bulajich, otro de los guardias que participaron del certamen, Mile Friganovic, cuenta: “El franciscano Petar Brzica, Ante Zrinusic, Sipka y yo apostamos para ver quién mataría más prisioneros en una noche. La matanza comenzó y, después de una hora, yo maté a muchos más que ellos. Me sentía tocando el cielo con las manos. Nunca había sentido tal éxtasis en mi vida; después de un par de horas había logrado matar a 1100 personas, mientras los otros pudieron matar entre 300 y 400 cada uno. Cuando estaba experimentando mi más grandioso éxtasis, noté a un viejo campesino parado mirándome con tranquilidad mientras mataba a mis víctimas y a ellos mientras morían con el más grande dolor. Esa mirada me impactó en medio de mi más grandioso éxtasis y de pronto me congelé y por un tiempo no me pude mover. Después me acerqué a él y descubrí que era del pueblo de Klepci, cerca de Capljina, y que su familia había sido enviada a Jasenovac después de haber trabajado en el bosque y que había sido asesinada. Me hablaba con una incomprensible paz que me afectaba más que los desgarradores gritos a mi alrededor. De pronto sentí la necesidad de destruir su paz mediante la tortura y así, mediante su sufrimiento, poder yo restaurar mi estado de éxtasis para poder continuar con el placer de infligir dolor. Lo aparté e hice que se sentara conmigo en un tronco. Le ordené gritar: ‘¡Viva el poglavnik (caudillo) Pavelic!’, o le cortaría una oreja. Vukasin no habló. Le arranqué una oreja. No dijo una palabra. Le dije otra vez que gritara ‘¡Viva Pavelic!’ o que le arrancaría la otra oreja. Le arranqué la otra oreja. ‘Grita ¡viva Pavelic!, o te arranco tu nariz’ y cuando le ordené por cuarta vez gritar ¡viva Pavelic! y lo amenacé con arrancarle el corazón con mi cuchillo, me miró y en su dolor y agonía me dijo: ‘¡Haga su trabajo, criatura!’ Esas palabras me confundieron, me congelaron. Y le saqué los ojos, le corté la garganta de oreja a oreja, le arranqué el corazón y lo tiré al pozo. Pero algo se rompió dentro de mí y no pude matar más durante toda esa noche. El franciscano Petar Brzica me ganó la apuesta porque había matado a 1360 prisioneros y yo pagué sin decir una palabra”.

El campo de concentración de Jasenovac fue creado por el gobierno ustacha de Ante Pavelic. Estos croatas fascistas eran aliados de Hitler y Franco y de las demás fuerzas del Eje. Su virulencia e impiedad igualaron la de los dictadores más sangrientos de la historia.

Se calcula que en Jasenovac murieron más de 700.000 personas. Serbios, judíos, musulmanes, gitanos, eslovenos, partisanos yugoslavos, disidentes, comunistas y cualquier disidente ideológico o religioso del régimen ustacha. Hombres, mujeres, niños, ancianos.

Adolf Hitler y el líder ultranacionalista croata Ante Pavelić en junio de 1941. (Foto: United States Holocaust Memorial Museum)
Adolf Hitler y el líder ultranacionalista croata Ante Pavelić en junio de 1941. (Foto: United States Holocaust Memorial Museum)

El srbosjek, ese pequeño cuchillo croata, aunque el favorito, no era el único instrumento que utilizaban para matar. Destrozaban cráneos con mazas, pegaban balazos en la nuca, ahogaban a los prisioneros en el río Sava, los dejaban morir de inanición, los prendían fuego vivos, entre otros métodos de una crueldad extrema. Hasta hubo quienes fueron asesinados a hachazos. No se privaron, tampoco, de poner en funcionamiento una cámara de gas en la que murieron decenas de miles de personas. Para tener un parámetro de la inhumanidad habitual de Jasenovac, alguien graficó: “Los nazis metían en los hornos los cadáveres recientemente asesinados; los ustachas quemaban a la gente viva”.

Los guardias eran especialmente despiadados: una banda de asesinos desatados sin distinción de edad. Egon Berger, un sobreviviente, escribió en su libro 44 meses en Jasenovac“Uno de los ustachas, un niño de 12 años, sacó su cuchillo y le cortó las orejas a un sacerdote”.

Era habitual escuchar alaridos de dolor a cualquier hora del día.

Otra característica del campo era el hedor, en especial durante el verano. Los cadáveres de los prisioneros fueron enterrados a pocos metros de las barracas y en fosas no demasiado profundas. Cuando hacía calor, el olor de los cuerpos pudriéndose invadía el lugar; casi no dejaba respirar.

En su novela Kaputt, el italiano Curzio Malaparte cuenta que en medio de la guerra se entrevistó con Ante Pavelić, el líder ustacha. Apenas ingresó al despacho, le llamó la atención un gran cesto de mimbre. Su contenido estaba tapado con un paño de felpa que dejaba ver apenas los bordes. Malaparte creyó que se trataba de ostras de Dalmacia. Le preguntó a Pavelic por el contenido del cesto. “No. Es un regalo de mis fieles ustachas. Veinte kilos de ojos humanos”, respondió el dictador.

Tres años después del torneo para determinar quién mataba más prisioneros; otra noche, la del 21 de abril de 1945, se produjo la última matanza de Jasenovac. La guerra ya estaba definida, los aliados avanzaban por Europa, los nazis estaban devastados. Ante el resultado inevitable de la contienda, con la bronca de la derrota, cometieron una última masacre, la de la venganza. En unos pocos minutos asesinaron a más de 2000 prisioneros, solo para no permitirles vivir en un mundo en el que el nazismo, los fascistas y los ustachas habían sido derrotados; es decir, que no pudieran vivir en un mundo mejor. A la mañana siguiente, los oficiales y los guardias dejaron el campo de concentración y huyeron a esconderse para no ser atrapados por los vencedores.

Algunos fueron apresados y ejecutados; otros murieron en las últimas batallas. Muchos lograron escapar y dispersarse por Europa. Brzica se esfumó. Muchos están convencidos de que logró evadirse y mucho tiempo después apareció en Estados Unidos.

Brzica se benefició del encubrimiento norteamericano durante las décadas que Simon Wiesenthal y otros cazadores buscaban nazis en distintos rincones del mundo (por supuesto: encontraron varios en Argentina). En 1970 fue puesto en la lista de 59 nazis que se escondían en Estados Unidos.

Exdictador y líder fascista Ante Pavelić internado en el Hospital Sirio Libanés en Buenos Aires en 1957. (Foto: Dominio público)
Exdictador y líder fascista Ante Pavelić internado en el Hospital Sirio Libanés en Buenos Aires en 1957. (Foto: Dominio público)

La Guerra Fría imponía su lógica a cada movimiento de las grandes potencias. El (supuesto) cura refugiado en Estados Unidos no fue entregado para no darle una bandera para enarbolar al bloque comunista y en especial a la Yugoslavia de Tito. Otro motivo obvio fue que de esa manera, Estados Unidos evitaba dar explicaciones, explicitar los motivos por los cuales Brzica y muchos otros criminales de guerra habían encontrado refugio en ese país pese a las graves acusaciones en su contra. En los años 90, ante las denuncias de algunos grupos de sobrevivientes de haber dado con su paradero, hubo otro intento de extradición, pero Estados Unidos tampoco procedió a buscarlo.

Logró escapar de Europa. Petar Brzica permaneció oculto las últimas décadas de su vida. Poco se supo de él después de la Segunda Guerra. Aparecieron algunas fotos a principios de este siglo en la que varios sobrevivientes de Jasenovac aseguraron que era él. Un hombre mayor, canoso, sin algún rasgo particular demasiado evidente, caminando por las calles de Zagreb.

La fecha de su muerte es incierta. Algunos afirman que murió en 2007; otros están seguros de que recién lo hizo durante 2013 a los 93 años. También están los que creen que su rastro se perdió definitivamente el día que escapó de Jasenovac y que el resto del tiempo, esos más de 50 años posteriores, se persiguió su fantasma, su ominosa sombra.

El criminal de guerra Petar Brzica, con su infame récord, nunca fue encontrado ni juzgado.

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