El socio en el Mercosur superó los volúmenes locales en el primer cuatrimestre y consolidó una tendencia que dejó de ser una anomalía climática. El boom del biodiesel brasileño, el estancamiento de la cosecha local y la pérdida de clientes clave encienden alarmas en el Gran Rosario.
El comercio global de subproductos agrícolas acaba de registrar un quiebre que redefine el tablero geopolítico del negocio agroindustrial.
Por primera vez en décadas, la Argentina perdió su posición de liderazgo absoluto en el despacho de harina de soja, un segmento que históricamente dominó gracias a la concentración de su complejo de molienda sobre la hidrovía del Río Paraná.
Según las estadísticas del sector agroexportador, Brasil despachó 7,7 millones de toneladas durante el primer cuatrimestre del año, dejando atrás las 7,5 millones de toneladas registradas por las terminales portuarias locales.
Si bien los analistas indicaron que la brecha matemática es estrecha, advirtieron que el dato representa el síntoma de una problemática mucho más profunda y estructural. Mientras que los volúmenes argentinos de producción y procesamiento permanecen estancados desde hace una década, competidores directos como Brasil y Estados Unidos aplicaron políticas de estado agresivas diseñadas para capturar los mercados internacionales y ganar terreno de manera sostenida.

Los tres factores del retroceso local
La pérdida del podio responde a causas multicausales. En primer lugar, la agresiva estrategia industrial de Brasil no se limita a la comercialización directa del subproducto proteico. El motor del crecimiento vecino radica en su política interna de biocombustibles, impulsando un incremento sostenido en el porcentaje de corte obligatorio de biodiésel.
Esta medida tracciona una molienda masiva de la oleaginosa para la obtención de aceite, generando como contrapartida un volumen remanente de harina que inunda los mercados globales a precios altamente competitivos.
A este escenario se suma la pérdida de compradores de peso para el entramado local. El comportamiento de Indonesia, el mayor importador de este insumo a nivel global, funciona como el ejemplo más claro del cambio de tendencia.
En el inicio del año, las industrias asiáticas adquirieron casi el doble de cargamentos en el puerto de Santos que en las terminales del cordón del Gran Rosario, evidenciando una preocupante migración de la demanda hacia la oferta del principal socio del Mercosur.
Por último, los especialistas remarcan el techo productivo que exhibe la agricultura argentina. En la última década, las proyecciones sectoriales estimaban superar la barrera de las 65 millones de toneladas anuales de soja.
Sin embargo, la persistencia de las retenciones y la falta de incentivos de carácter fiscal transformaron a la oleaginosa en un cultivo “estacionado” que difícilmente logra quebrar la barrera de las 50 millones de toneladas.
Las cámaras sectoriales, nucleadas en Cámara de la Industria Aceitera de la República Argentina (CIARA) y Centro de Exportadores de Cereales (CEC), manifestaron su preocupación ante la pérdida sistemática de ventajas competitivas por la falta de un rumbo definido en materia de agregado de valor en origen.
El verdadero peligro excede la pérdida de un puesto de vanguardia en un listado global; implica una menor capacidad de influencia en la fijación de los precios internacionales de referencia y, fundamentalmente, un menor flujo en el ingreso de divisas genuinas indispensables para la estabilidad macroeconómica de la Argentina.

La necesidad de revertir este panorama devuelve al debate legislativo y técnico la urgencia de sancionar un marco normativo moderno para los combustibles verdes, optimizar de manera integral la logística de la Vía Navegable Troncal (VNT) y revisar una estructura impositiva que actualmente desalienta la inversión en genética, semillas de avanzada y tecnología de procesos.
