Durante años, una nena fue sometida a internaciones, estudios invasivos y tratamientos innecesarios hasta que un pediatra descubrió que su madre llevaba a cabo una compleja forma de maltrato infantil.
En una foto tomada en 1982, Nina Blom aparece con una sonrisa, usando un vestido de verano, con su pelo corto y una expresión tímida. Parecía una nena común que crecía en los Países Bajos.
Sin embargo, la realidad de esa niñez estaba lejos de ser normal. Desde los ocho años, Nina estuvo convencida de que tenía una enfermedad incurable y que se iba a morir. Esa idea no había surgido de un diagnóstico médico, sino de algo mucho más perturbador: su mamá le había hecho creer que tenía dolores extremos y por eso la obligó a usar una silla de ruedas.
La verdad recién salió a la luz cuando un pediatra comenzó a detectar contradicciones en el relato de la mujer y sospechó que la menor podía ser víctima de un caso de síndrome de Munchausen, un cuadro en el que un cuidador inventa síntomas falsos o los provoca para que parezca que el menor está enfermo.
Una enfermedad que nunca existió
Los primeros episodios empezaron cuando Nina tenía ocho años. En esa época, su mamá la llevaba a distintos hospitales porque aseguraba que sufría fuertes dolores de estómago y que tenía una supuesta enfermedad muscular.
Cada vez que los médicos informaban que la nena estaba en condiciones de recibir el alta, la mujer insistía en que seguía sintiéndose mal e incluso le ordenaba a su hija que dijera que continuaba con dolor.
“No me tomes el pelo. Estás sufriendo y vas a decírselo al médico”, le decía su madre cuando Nina se negaba a ir a una guardia.

Durante unos pocos años, Nina fue internada al menos 15 veces en seis hospitales diferentes. También se sometió a muchos estudios médicos y procedimientos invasivos, entre ellos una biopsia de médula ósea, aunque los especialistas nunca encontraron una explicación para el supuesto cuadro clínico.
La situación fue empeorando con el paso del tiempo. Su mamá comenzó a obligarla a usar una silla de ruedas, hizo que dejara de asistir a la escuela y la aisló de sus amigos. Por eso, pasaba la mayor parte del día acostada en una cama instalada en el living de la casa.
En ese periodo, Nina se dio cuenta de algo que no lograba entender del todo: cada vez que ella sonreía o decía sentirse bien, su madre la castigaba.
Con el correr de los años, la mujer incorporó nuevos supuestos diagnósticos. Primero aseguró que su hija tenía una enfermedad muscular incurable. Después dijo que tenía problemas cardíacos y comenzó a repetirle una frase que se le quedó grabada: “Te vas a morir”.

Según el testimonio de Nina, su madre también le vendaba los brazos y las piernas con mucha fuerza para provocarle entumecimiento, lo cual le impedía seguir con su rutina normal.
Al estar tanto tiempo inmóvil, la nena empezó a perder fuerza en los músculos y finalmente necesitó rehabilitación para volver a caminar.
Mientras tanto, Nina vivía con una enorme culpa. En varias de sus internaciones compartió habitación con chicos que realmente padecían enfermedades graves e incluso recordó que uno de ellos murió durante una hospitalización. En cambio, ella nunca entendía por qué seguía internada si sentía que en realidad no le pasaba nada.
Por su parte, el padre de la víctima no cuestionaba el accionar de su pareja, ni se involucraba demasiado en la salud de su hija. Sin embargo, sí tenía actitudes violentas hacia ella, como una vez que derramó una taza de té caliente sobre sus piernas por una discusión.
El médico que empezó a hacer preguntas
El caso dio un giro inesperado cuando Nina fue atendida por un nuevo pediatra, a quien ella recuerda como “el doctor Vrienten”.
A diferencia de los profesionales que ya la habían visto, el médico comenzó a revisar toda su historia clínica y advirtió que ninguna de las supuestas enfermedades tenía respaldo en los estudios realizados durante años.
Además, observó que la evolución de la paciente cambiaba llamativamente cuando estaba lejos de su madre.

Mientras la mujer insistía en que su hija tenía una enfermedad terminal, el pediatra creía que podía recuperarse con rehabilitación y volver a caminar normalmente.
Las sospechas crecieron hasta que Vrienten decidió comunicarse con los servicios de protección infantil, ya que creía que se podía tratar de un caso de síndrome de Munchausen. Poco después, una mujer ingresó a la habitación donde Nina permanecía internada y le dijo que iba a ser trasladada a otro hospital.
La adolescente creyó que la llevarían a un nuevo tratamiento y llegó a decir que “prefería morir” antes que seguir internada. Sin embargo, lo que estaba pasando en realidad era un “plan de escape”.
Dos policías acompañaban el operativo mientras los servicios de protección infantil la retiraban del control de sus padres.
Una vez instalada en el nuevo centro médico, los profesionales comenzaron a retirar los vendajes que llevaba desde hacía años y colocaron una cámara en la habitación para observar las visitas familiares.
Las grabaciones terminaron confirmando las sospechas de los investigadores. Según el relato de Nina, su madre olvidó que estaba siendo filmada y quedó registrada la forma en que ejercía presión sobre ella para sostener la falsa enfermedad.
Por primera vez desde su infancia, la joven pudo repetir una frase que cambiaría definitivamente su vida: “No estoy enferma”.
La vida después del horror
Tras ser separada de sus padres, Nina inició un largo proceso de recuperación física y psicológica. Recibió tratamiento para fortalecer nuevamente su cuerpo, hizo terapia y, con el tiempo, decidió cortar todo vínculo con su familia.
Más adelante se mudó a otra ciudad con una nueva identidad, estudió arte, consiguió trabajo y formó una nueva vida lejos de quienes la habían sometido durante años.

Sus padres nunca reconocieron lo que habían hecho y jamás fueron juzgados por el caso. Incluso, según contó Nina, llegaron a contratar a un investigador privado para intentar encontrarla después de que ella desapareciera de sus vidas.
Luego de aquellos hechos, Nina contó su historia de manera pública en una entrevista con la BBC para visibilizar una forma de abuso infantil poco conocida. “Lo que mis padres me hicieron fue un crimen. Apenas sobreviví”, aseguró.
