Columnista invitado (*) l Por qué tantos jóvenes repiten la misma etiqueta para nombrar lo que sienten. Qué gesto cotidiano en casa y en la escuela puede prevenir el aislamiento real.
Hay una escena que se repite cada vez más en los consultorios de psicología que trabajamos con adolescentes. Llega un chico o una chica y dice, con la tranquilidad de quien ya trae el rótulo puesto: “Tengo ansiedad social”. La frase casi nunca nace de una evaluación clínica, sino de un recorrido previo por TikTok o algún streamer que terminó siendo su primera fuente de información sobre salud mental.
Las redes ayudaron a instalar la salud mental en la charla cotidiana y les dieron a muchos jóvenes palabras para nombrar lo que sentían. Pero el mismo fenómeno trajo un efecto raro: el diagnóstico llega antes que el relato. Se dice “tengo ansiedad social” antes de poder explicar qué angustia, qué duele o qué se perdió en el camino.
Cuando el diagnóstico llega antes que el relato
Una de las primeras tareas en el consultorio suele ser correr esa etiqueta por un rato, no para desmentirla sino para interpelarla. Detrás de una misma frase, conviven historias distintas: miedo al rechazo, violencia, conflictos familiares, duelos o una soledad silenciosa y sostenida.
No hablamos de la soledad elegida, sino de otra: la que aparece en una época que promete conexión permanente pero entrega poco encuentro real. Chicos que chatean horas por el celular y cada vez tienen menos charlas cara a cara, con agendas repletas y salidas restringidas por miedo a la inseguridad. Cuanto más conectados estamos, paradójicamente, más cuesta encontrarse de verdad.

La trampa de la hiperconexión
Sería injusto cargarle toda la culpa a las redes: también fueron fundamentales para visibilizar diversidades sexuales e identidades de género. Pero funcionan bajo reglas de mercado. El sociólogo alemán Ulrich Beck explicó que las sociedades actuales viven un proceso de individualización creciente, donde la incertidumbre dejó de ser excepción para volverse condición permanente. La socióloga Eva Illouz fue más allá: mostró que el capitalismo no sólo organiza el consumo de objetos sino también la vida afectiva, y que el reconocimiento empezó a medirse en seguidores y reacciones.
A eso se suma otro mensaje que circula fuerte: que uno debe bastarse a sí mismo y no necesitar a nadie más. El cuidado propio es necesario, pero cuando ese mensaje se vuelve mandato, el encuentro con el otro pasa a vivirse como un estorbo para un proyecto centrado en el yo. La soledad termina vendiéndose como el plan perfecto, cuando puede ser también una manera de protegerse frente a lo incierto de todo encuentro con otra persona.

Desde el psicoanálisis, Jacques Lacan lo planteó con claridad: el sujeto no se constituye aislado, sino en relación con el otro, en el lenguaje y en el lazo con los demás. Por eso, cuando un adolescente nombra su “ansiedad social”, muchas veces no describe solamente un trastorno individual: también pone en palabras el malestar de una época que multiplica las conexiones mientras vacía los encuentros.
La prevención empieza antes del consultorio
La psicoanalista argentina Silvia Bleichmar insistía en que ningún síntoma puede pensarse al margen de las condiciones históricas que lo producen: escuchar a un adolescente es también escuchar la época que le tocó vivir. Por eso la respuesta no puede limitarse al consultorio, que llega recién cuando el sufrimiento ya se manifestó. La pregunta es qué se puede hacer antes.
La escuela cumple ahí un rol insustituible: es de los pocos espacios donde chicos con historias distintas conviven a diario, algo que ninguna pantalla reemplaza.
Las familias no necesitan una presencia idealizada sino recuperar pequeños rituales cotidianos: una comida sin pantallas, una charla sin apuro, una pregunta genuina sobre cómo fue el día.
Quizás una de las tareas más importantes de esta época sea devolverle valor al encuentro: que los adolescentes se junten, discutan, jueguen, se enamoren y se reconcilien: experiencias que no dejan rastro digital, pero sí huella en quién cada uno termina siendo.
Tal vez lo que hoy llamamos ansiedad social sea, en el fondo, el nombre que esta época encontró para una necesidad bien humana: sentirse reconocido, pertenecer, tener un lugar donde la palabra circule sin la presión de mostrarse todo el tiempo. Ahí, en un vínculo que escucha y sostiene, empieza una de las formas más profundas de prevenir en salud mental.
