Columnista invitada (*) | Bebés, niños y adolescentes demandan posiciones distintas del adulto. Un análisis de cómo se juega la salud mental en cada etapa.
La crianza no es una tarea homogénea ni instintiva. Es una función psíquica que se construye y que exige del adulto distintas posiciones según el momento evolutivo del hijo.
Desde el Centro Liberman de atención comunitaria perteneciente a la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, institución con más de 20 años de trayectoria en el abordaje de niños, adolescentes y familias, conceptualizamos tres tiempos lógicos en este proceso. Comprenderlos permite ubicar el malestar a tiempo y operar antes de que el síntoma se cronifique.
Primer tiempo: el bebé y la función de sostén
Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista, fue categórico: “No existe tal cosa como un bebé solo”. Siempre hay un bebé y un otro que lo sostiene. A esa función, la llamó holding. No se trata de perfección ni de técnicas de estimulación temprana. Se trata de una presencia “suficientemente buena”, capaz de decodificar el llanto, ofrecer brazos, mirada y voz de modo constante.
Esa experiencia inaugural es fundante. El bebé llega al mundo en estado de desamparo y dependencia absoluta. El sostén adulto transforma esa angustia inicial en lo que Erik Erikson denominó “confianza básica”: la certeza inconsciente de que el mundo es un lugar habitable. Cuando esta función falla por exceso de ausencia o por exceso de intrusión, lo que retorna es la angustia de desintegración, base de patologías severas.

Desde el psicoanálisis, insistimos: sostener no es sobreproteger. Es estar ahí con la constancia necesaria para que, de a poco, el bebé pueda empezar a ser. En una época que empuja a la hiperproductividad y desestima los tiempos de la dependencia, acompañar a las familias en este primer tiempo es la forma más eficaz de prevención en salud mental.
Segundo tiempo: el niño y la función de orden
La llamada latencia o edad escolar suele malinterpretarse como una etapa de calma. Por el contrario, es un momento de intensa construcción psíquica. El niño debe realizar una operación central: salir del endogrupo familiar e insertarse en el mundo social. Para eso necesita incorporar la ley, tolerar frustración, competir y hacer lazo con pares.
La función parental aquí es doble y en apariencia contradictoria: poner límite y habilitar el juego. El límite es ley simbólica. Ordena el caos pulsional, da bordes y produce seguridad. Un niño sin ley queda a la deriva, tomado por una angustia que no puede nombrar y que muchas veces se traduce en trastornos de conducta o inhibiciones. El juego, por su parte, es la vía regia de elaboración psíquica en la infancia. A través de él se tramitan miedos, pérdidas, rivalidades y deseos.

En salud mental, trabajamos con una brújula clínica: “Límite sin juego asfixia. Juego sin límite desborda”. Los problemas de aprendizaje, el llamado TDAH y las dificultades de socialización que recibimos en consulta suelen expresar un desajuste en esta dialéctica. La escuela puede señalar, pero no reemplaza la función parental. Restituir el lugar del juego y la palabra es condición para que el niño pueda aprender.
Tercer tiempo: el adolescente y la función de bancar el conflicto
Para advenir sujeto, el adolescente debe realizar un trabajo psíquico fundamental: el duelo por los padres de la infancia. Necesita “matar simbólicamente” a las figuras parentales idealizadas para poder construir un proyecto propio. Por eso la confrontación, el cuestionamiento a la autoridad y el portazo no son fallas del desarrollo: son el desarrollo mismo.
La tarea adulta en esta etapa es sostener el encuadre sin quebrarse. Consiste en poner límite, sostener la ley y permanecer disponible, sin irse ni devolver el golpe. Si el adulto se retira afectivamente, el adolescente queda en desamparo. Si responde con violencia simétrica, el conflicto se eterniza y se pierde la asimetría necesaria.
Desde el psicoanálisis constatamos que muchos de los llamados pasajes al acto -consumos, cutting, fugas- son modos de escribir en el cuerpo aquello que no encuentra lugar en la palabra. La presencia adulta que aloja la angustia sin actuarla es, en sí misma, terapéutica. Bancar el conflicto no es avalar todo; es no renunciar a la función.
(*) Lic. Marcela Siciliano, (M.N. 36.920). Psicoanalista, Centro Liberman, Centro de atención comunitaria de la Asociación Psicoanalítica de Buenos.
